La parálisis cerebral no detuvo a Roxán

La historia de la joven hondu­reña Roxán Anaís Gonzales Pinto es todo un testimonio de vida. Tu­vo dificultades desde el momento mismo de su nacimiento.

Su padre, que aguardaba fuera de la sala del hospital público don­de atendían a su esposa primeriza, estaba emocionado, porque ya sa­bía que sería niña, y soñaba con que fuera bailarina de Ballet.

Aunque el trabajo de parto fue duro, le dijeron que había sido un alumbramiento normal, sin imagi­narse que las complicaciones se­rían de por vida.

Tiempo después se daría cuen­ta que su linda Roxán había naci­do con parálisis cerebral infantil (PCI), una discapacidad que le pro­vocaría serios problemas de movi­miento y coordinación.

De hecho, uno de los médicos que estaba a su alrededor les mani­festó que no había esperanzas. Así, con ese cruel diagnóstico, don Da­río Gonzales y su esposa Fátima Pinto se fueron a casa, a esperar a que Roxán dejara de luchar.

Los meses pasaron y se convirtie­ron en años, con muy pocas evolu­ciones de la hermosa niña, que aguar­daba postrada en su cama, a la espe­ra de un milagro que llegaría con la luz de un ángel: un misionero llama­do Wallace, que le cambiaría la vida.

SU HISTORIA, PASO A PASO…

“Mi nombre es Roxán Anaís Gonzales Pinto. Nací un 4 de Fe­brero en la ciudad de Tegucigal­pa. Tengo 25 años y una condición llamada parálisis cerebral infantil, causada por un mal manejo a la ho­ra del parto”, nos relata.

Refiere que a medida pasaron los meses, su mamá empezó a no­tar algunas particularidades en ella. Por ejemplo, su falta de movi­mientos motores. De hecho, logró gatear con dificultad hasta que te­nía tres años.

Sabiendo que eso no era nor­mal, su madre acudió a muchos médicos y especialistas, pero nin­guno le dio una respuesta concreta. Lejos de animarla, algunos de ellos le decían que nunca llegaría a cami­nar ni desarrollarse como otros ni­ños, que no podría hablar ni tendría capacidad intelectual.

Pero manifiesta que fue el diag­nóstico de un médico en particular el que derrumbó a su madre, uno que le dijo tajantemente que su hi­ja no tenía esperanzas, que su re­comendación era que la dejara en una cama y esperara el día de su muerte.

“Todavía no logro entender qué clase de persona puede tener tan poca sensibilidad como para decir­le eso a una madre que anda des­esperada en busca de ayuda para su hija. Mi mamá me cuenta que ese día sus esperanzas y sus an­helos fueron aplastados, no le vio más sentido a la vida. Y con toda razón. Despues de más de 3 años de lucha, una persona había veni­do a hundir todo lo que ella había logrado, haciéndole sentir que su esfuerzo y determinación porque yo fuese una persona independien­te eran nulas”.